Un viaje al mundo de Alejandro Magno y a los dorados tesoros de la Grecia clásica , donde los dioses tocaron el cielo y los reyes fueron enterrados entre oro.
TEXTO: PEDRO GRIFOL FOTOS: LAURA CRAWFORD
Antes de profundizar en los tesoros de la Grecia clásica, tenemos que explicar que la relación entre los topónimos Macedonia y Grecia abarcan desde el esplendor del Antiguo Reino de Alejandro Magno hasta una larga disputa geopolítica -que acabó en 1991- con la fundación de un país soberano independiente denominado República de Macedonia del Norte. Pero nuestro viaje empieza en Salónica, ciudad situada en la Macedonia griega, región situada al norte de Grecia.
Aclarado el lugar territorial donde nos encontramos… Salónica (o Tesalónica)-, que debe su nombre a la princesa Thessaloniki, hija del rey Filipo II y hermana consanguínea de Alejandro Magno es, en la actualidad, la segunda ciudad más poblada de Grecia (su área urbana supera el millón de habitantes). Es destacado núcleo ferial y tiene la mayor universidad del país, lo que le otorga el calificativo de metrópoli cosmopolita. Sin embargo, como no rivaliza con Atenas en volumen de muchedumbres turísticas, hace de ella una ciudad más sosegada, lo que, en los tiempos que corren de ciudades atestadas por hordas de deambulantes turistas, se traduce en un destino perfecto para una escapada urbana alejada de destinos masificados. No en vano, el término griego ἅλαρα (pronúnciese jalará) -que significa ‘tómatelo con calma’- es el vocablo con el que los lugareños califican el ritmo de su ciudad.
‘La ciudad de los espíritus’
Tres cosas nos llaman la atención nada más poner el pie en Salónica: los gatos, los numerosos locales donde solo sirven café y los palacetes en ruinas. Aunque los lugareños prefieren tener un perro en casa, los gatos callejeros no se encuentran solos, digamos que viven a su aire, pero alimentados por los urbanitas. En los pequeños cafés que pueblan la ciudad, los tesalónicos beben espressos, y es normal que tomen 3 o 4 al día… -en la lujosa cafetería Blé (bletastegallery.com) la excelencia cafetera es el summum ¡aunque el café sea algo material! -. Y sobre las viejas mansiones arruinadas parece que la municipalidad no encuentra solución y el salvaje matorral se ha adueñado de lo que antaño fuera un jardín; pero, la verdad, es ofrecen una estampa decimonónica que contribuye al halo de misterio que no debe faltar en ninguna ciudad con siglos de historia. “La ciudad de los espíritus” la describió el escritor británico Mark Mazower en su libro homónimo.
Así pues, dispongámonos a descubrir una ciudad que aún conserva la evidencia de su historia romana, bizantina y otomana; sin olvidarnos de que fue el centro de la cultura sefardí del Mediterráneo durante siglos, donde se hablaba una variedad del castellano del siglo XV (que era el ladino). Y sin olvidarnos tampoco de que los dioses de otros tiempos se han ido marchando sin decir nada y que, en su lugar, ahora habitan otros dioses. Por estos antiguos lugares, muchos son los recuerdos que tiene nuestra memoria cargados de nostalgia.
Empezamos la visita en la monumental plaza del filósofo y polímata Aristóteles, oriundo de la región y que da nombre a la Universidad de Salónica. Le rendimos pleitesía al pie de su imponente estatua. El área alrededor de la plaza es el corazón moderno de la urbe. Luce repleta de apetecibles terrazas para tomar el aperitivo, ya que el aperitivo es un rito sagrado para los salonicenses. En el entramado de calles adyacentes – Kalapothaki, Koromila, Mitropoleos…- se encuentran las tiendas de moda donde comprar nuestros caprichos, desde souvenirs y productos gastro hasta ropa de marca. Uno de los lados de la plaza de Aristóteles linda con el mar y ahí empieza el paseo marítimo – Nikis -, muy agradable al atardecer… que termina en la Torre Blanca, uno de los monumentos más emblemáticos de la ciudad, de esos que fueron de todo, desde fortaleza hasta prisión. A partir de la torre, empieza una animada rambla – Megalou Alexandrou – que se extiende por varios kilómetros, donde se encuentra la imponente estatua de Alejandro Magno montado en su caballo Bucéfalo, que nos recuerda que ésta es su tierra.
Otro recorrido arranca en la Vía Egnatia, la avenida que sigue atravesando la ciudad, a modo de decumano, como cuando unía Roma con Constantinopla. Allí sigue lo que queda del Arco de Galerio (siglo IV), hecho de mampostería y recubierto con paneles con relieves triunfales. Enfrente se encuentra La Rotonda, el edificio que estaba destinado al mausoleo del emperador, que constituye el más importante ejemplo existente de construcción eclesiástica del periodo paleocristiano durante el período heleno del Imperio Romano.
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En la parte alta de la ciudad encontramos el distrito llamado Ano Poli. Allí veremos imágenes muy distintas a las de los barrios cercanos al mar. Este barrio conserva su laberíntica estructura de callejuelas empinadas donde resisten algunas viejas tabernas donde podemos probar ouzo o tsipouro (aguardientes típicos) acompañados de sus correspondientes tapas, que aquí se llaman mezzes.
Existe un lugar más alto, que es el sitio ideal para hacer la foto panorámica. Se trata de las murallas bizantinas del Heptapirgión, la fortaleza ‘de las siete torres’. Desde allí, en los días claros, se puede ver el Monte Olimpo. Y desde el Olimpo ¡se puede tocar el cielo!
Dioses y mortales
A cien kilómetros (de carretera) dirección suroeste se encuentra la montaña más alta de Grecia (2.918 m.). No es una simple montaña ¡es el mítico Monte Olimpo!… Era el centro del universo divino, conocido por su significado mitológico como la morada de los dioses del panteón griego.
No se han encontrado restos arqueológicos, pero se puede practicar la escalada, ya que la subida a criterio de senderistas experimentados no es muy dura. La recompensa es sentarse en la cima y tratar de meterse en el espíritu de cualquiera de los dioses que dirigían el destino de los mortales y, si se tercia, ¡cambiarlo a nuestro gusto! Convénzase: no se le presentará mejor ocasión en la vida.
Bajamos de la nube… y tocamos tierra para emprender la excursión obligada del viaje: visitar los tesoros arqueológicos del glorioso reino macedonio de Filipo II y su hijo Alejandro Magno.
Saliendo de la plaza (ya mencionada) de Aristóteles a las ocho de la mañana, un día completo será suficiente para visitar los dos lugares más notorios de la antigua Grecia: Pella y Vergina.
Pella fue la capital del Imperio Macedonio durante la época de su mayor esplendor. En el siglo IV (a.C.) era el centro de cultura más famoso en todo el mundo conocido. La mayoría de los artistas destacados se daban cita en esa ciudad. El pintor Apeles trabajaba allí. Eurípides estrenó en ella sus obras de teatro… Y allí nacieron Filipo II de Macedonia y su hijo Alejandro Magno, quien tuvo el privilegio de ser educado por Aristóteles.
También el arte del mosaico tuvo su sede en esta ciudad que, en la actualidad, es prácticamente lo único que podemos admirar in situ. El Museo Arqueológico conserva los famosos mosaicos, reproducidos cientos de veces en libros de Historia como ejemplos destacados de esta representación artística: El Rapto de Helena por Teseo, Dionysios montado en la pantera, La caza de la cierva y La caza del león.
Por la tarde visitamos ‘la joya de la corona’ ¡nunca mejor dicho!… Porque en la ciudad de Vergina se encuentran las joyas arqueológicas más notorias, que son las coronas de oro encontradas en las tumbas reales. Y conviene destacar que nos encontramos ante uno de los grandes acontecimientos arqueológicos del siglo XX.
En otro contexto, recordemos (con la venia de la cronología histórica) los descubrimientos que han marcado los hitos de la Historia Arqueológica del último siglo. A saber: En 1922, el descubrimiento de la tumba del faraón Tutankamón por el arqueólogo británico Howard Carter, se calificó como ‘el descubrimiento del siglo’. En 1987, el arqueólogo peruano Walter Alva halló intacto, y sin huellas de saqueo, una tumba real repleta de ornamentos y joyas de oro perteneciente a una civilización precolombina del antiguo Perú, que se dio a conocer con el nombre de El Señor de Sipán, que supuso un avance significativo en la arqueología del continente americano. Pocos años antes, en 1979, el arqueólogo griego Manolis Andrónikos descubrió las tumbas de Filipo II, de su esposa Meda y de Alejandro IV (hijo de Alejandro Magno), también intactas y con tesoros áureos.
Cuentan las crónicas que, en los anales de la arqueología, estos son los tres descubrimientos considerados más importantes del siglo pasado, y que, casualmente, tienen en común ese metal precioso llamado oro.
Tesoro arqueológico intacto
Tras esta ’dorada’ introducción, nos adentramos en el pasadizo que lleva a las tumbas macedonias de Filipo, Meda y Alejandro, y pensemos en la emoción de su descubridor. Este es su relato: “En la cámara principal se halló un sarcófago de mármol y dentro una urna de oro con los restos incinerados de un hombre, además de una corona funeraria con ornamentación de hojas de roble y bellotas, todo de oro. El cofre está decorado con un sol de 16 rayos, símbolo de los reyes de Macedonia. Es la tumba de Filipo II. En la antecámara se encontraba otro sarcófago con otra urna, también de oro, que contenía un tejido bordado con hilo dorado y púrpura, y que cubría los huesos calcinados de una mujer. Se trataba de la tumba de la reina Meda, esposa de Filipo II. Había también una maravillosa diadema elaborada con pasta de vidrio azul y con espirales de zarcillos, pequeñas hojas de mirto, palmetas de encaje, lirios, margaritas y abejas… todo labrado en oro”.
Por primera vez en la historia de la arqueología griega, se había descubierto un lugar funerario relacionado con importantes personas de la historia de la Grecia Clásica. Se halló también la tumba de Alejandro IV, hijo póstumo de Alejandro Magno. Junto a las tumbas se encontraron cascos, corazas, espadas y adornos de marfil, que ahora también están expuestos en un fantástico espacio museístico.
El museo que custodia estos tesoros es una hábil construcción subterránea erigida en el mismo lugar donde se encontraron los túmulos. Y como curiosidad, destacamos que la diadema de oro de la reina Meda está considerada como la joya más valiosa que se ha conservado del antiguo mundo griego.
La tenue iluminación nos hace pensar en un lugar sagrado, pero no somos profanadores de tumbas… somos afortunados mortales que estamos viviendo una experiencia única.
Al salir de la penumbra del entorno expositivo, la luz natural nos cegó por unos instantes…
O, quizá, fuera el brillo del oro que no nos dejaba ver otra cosa.
Más información: grecia.info/es/grecia-continental/tesalonica/
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