Descubrimos La Gran Ruta de Suiza, más de 1.600 kilómetros para disfrutar al volante. Una Ruta en coche que hay que disfrutar.
Texto y fotos: AUTOCLUB RACE
Suiza es un país de montañas, donde las llanuras son excepcionales. Durante siglos se ha dedicado a construir túneles, puentes y trenes cremallera capaces de acercarse hasta las cumbres de nieves perpetuas. Parte de sus hielos desaguan en veintidós lagos, componiendo una sinfonía en la que alternan picos, valles esmeralda y espejos de agua, o lo que es lo mismo, dibujando la mayor cantidad de carreteras panorámicas que podamos imaginar. Es lo que se conoce como La Gran Ruta de Suiza, más de 1.600 kilómetros para disfrutar al volante.
Iniciamos viaje en Ginebra, ciudad cosmopolita que dispone de spas donde darse un baño en chocolate y de museos como el Patek Philippe, que guarda relojes de Kipling, Wagner o Einstein. El icono de Ginebra es el Jet d’Eau, geiser de 140 metros que surge del lago Lemán, del cual seguimos la orilla para llegar a Lausana, sede del Comité Olímpico Internacional y del único museo oficial dedicado al tema.
Artistas, chocolate y vino, a ritmo de jazz
Desde lo alto de la catedral gótica de Lausana se obtienen vistas perfectas del Mont Blanc y de un conjunto de viñas doradas por el sol: son las terrazas de Lavaux, cultivadas en el siglo XIII por los monjes y hoy Patrimonio de la UNESCO. Los vinos Chasselas, Plant Robert y Pinot Noir son una tentación, pero deberán esperar al final de la etapa, porque toca conducir hasta Vevey, donde se encuentra el museo dedicado al genial Charlie Chaplin, que pasó sus últimos años disfrutando de los caldos y de los chocolates del lugar, como los de Nestlé, cuya sede se puede visitar. Desde Vevey, en pocos minutos se alcanza el castillo de Chillon, lamido por olas que parecen de mar y no de lago. Encaramado en una isla, inspiró al poeta romántico Lord Byron hace 400 años, y en verano resuena con las notas del célebre Festival de Jazz que se celebra al lado, en Montreux, muestra que ya supera las 50 ediciones.
La vía láctea
Dejamos atrás el Lemán camino de Friburgo. Las hierbas que perfuman sus cuajadas crecen junto a la “ruta secreta”, carretera que permite descubrir un sinfín de pueblos con encanto desde el Mont Vully y hasta la villa de Gruyères, de calles empedradas y negocios añejos donde degustar su famoso queso. Entre ambos puntos, Friburgo se alza en lo alto de un promontorio recortado por el río Sarine, auténtico nido de águilas donde se arracima una de las ciudades medievales más grandes de Europa. Como si su altura fuera poca, la catedral de San Nicolás aún levanta una torre de 74 metros por encima de los tejados.
Un paseo por las nubes
Pero aún queda ruta por delante, kilómetros que cambian viñedos y prados por abetos y cadenas montañosas, donde se imponen tres colosos de más de 4.000 metros: el monte Jungfrau, el Mönch y el Eiger. Su puerta de acceso es Interlaken, instalada entre los lagos Brienz y Thun, que le prestan buenas vistas y clima suave. Aquí hay que escalar las cumbres con el ferrocarril de Jungfrau, que con cien años de historia llega hasta la estación más alta de Europa. Una vez arriba, un ascensor permite subir en once segundos a La Esfinge, una plataforma observatorio de vértigo. Debajo, los subterráneos llevan a un palacio de hielo de sorprendente tacto seco. Las paradas intermedias permiten ver otros picos como el Eiger o disfrutar de la adrenalina al ascender el sendero que bordea un precipicio desde Grindelwald-First.
Lucerna, denominación de origen
Más relajante será Lucerna en la próxima etapa, aunque también cuenta con una cumbre de excepción, el monte Pilatus, donde según la leyenda se enterró a Poncio Pilato. Un tren llega hasta la cumbre desde Alpnach superando pendientes del 48%, tan legendario como Guillermo Tell, personaje que vivió sus aventuras a orillas del lago de los Cuatro Cantones que baña Lucerna, en la cuna de la Federación Helvética. En cuanto a la “ciudad de la luz”, poco ha cambiado desde el siglo XIV, como se aprecia en la pintura número 6 del puente de la Capilla o Kapellbrücke. La pasarela cubierta une el casco antiguo peatonal con la parte más moderna de la ciudad, donde se encuentra el Centro de Convenciones y Cultura (KKL), proyectado por Jean Nouvel. Justo al lado atracan los ferries que permiten navegar por el lago, uno de los placeres del lugar.
Sherlock Holmes en Suiza
Son varios los pueblos pintorescos que rodean el lago de Brienz y que se visitan desde Interlaken. Entre ellos está Bönigen, con un montón de casas catalogadas, o la propia Brienz, famosa por el callejón de Bruhngasse, con casas que datan del siglo XVIII y están adornadas por tallas en madera, una artesanía local muy reconocida. Cerca de allí, bien dando un paseo por la orilla o tomando uno de los botes que cruzan el lago, se puede llegar a la cascada de Giessbach, que a pesar de su encanto, fue elegida por Conan Doyle para dar muerte a su personaje Sherlock Holmes.