La célebre novela de Jonathan Swift cumple tres siglos como una historia que trasciende de su tiempo desde el reflejo de los vicios del hombre.
TEXTO: JOSÉ MANUEL ANDRÉS
Tres siglos no son nada. Al menos no para Los viajes de Gulliver, la célebre sátira en prosa publicada por el angloirlandés Jonathan Swift en 1726. La mordaz crítica de la literatura de viajes y también de la condición humana mantiene, 300 años después de su aparición, una frescura que emana del reflejo de los vicios propios del hombre.
A través de su estructura dividida en cuatro partes, la obra narra las peripecias de Lemuel Gulliver, un médico aficionado a la aventura que a lo largo de quince años lleva a cabo cuatro travesías distintas. En cada periplo a través de los mares, el protagonista llega a países muy lejanos y exóticos habitados por extrañas criaturas cuyo comportamiento siempre encierra una lección.
Adaptada en infinidad de ocasiones y analizada desde múltiples puntos de vista, desde el mero divertimento de una ficción de aventuras hasta las cuestiones filosóficas más profundas, la novela sigue los pasos de este particular cirujano y posteriormente capitán de barco. La narración, en primera persona desde un punto de vista didáctico y pedagógico, pretende con su exposición de los hechos profundizar en el alma humana y corregir sus vicios. «Escribo con el nobilísimo fin de informar e instruir al género humano», expone.
Y es que Gulliver no deja de ser un trasunto del propio Jonathan Swift, un escritor con una enorme capacidad para describir realidades y plasmar en palabras todo aquello que le rodeaba. También con un sentido crítico incuestionable y ácido a la hora de atacar sin piedad algunos de los aspectos más execrables de la sociedad, la clase política, la moralidad y en general el comportamiento humano a través de sus más bajas pasiones.
Enanos, gigantes y la guerra
En su primer viaje, que discurre entre el 4 de mayo de 1699 y el 13 de abril de 1702, Gulliver se embarca como cirujano en el Antelope, un mercante grande a vela. La nave zarpa desde Bristol, en Inglaterra, pero naufraga cerca de la Tierra de van Diemen, hoy Tasmania, en Australia. El protagonista sobrevive nadando hasta la costa, donde exhausto, se duerme. Al despertar, se halla prisionero de una comunidad de personas de un tamaño doce veces menor respecto al de un ser humano, que habitan el país isleño de Liliput.
Bajo la promesa de un buen comportamiento, evitando dañar a los diminutos liliputienses, Gulliver se establece en la corte del soberano, que recrea como una sátira de Gran Bretaña. Cuando Liliput declara la guerra al estado rival de Blefusco, poblado también por personas de un tamaño minúsculo, la intervención del protagonista resulta decisiva. Se niega sin embargo a someter al territorio derrotado y con ello cae en desgracia, acusado de traición. Consigue sin embargo escapar a Blefusco, desde donde también huye en un bote hasta ser rescatado por un barco que lo lleva de vuelta a su hogar tras haber aprendido muchas cuestiones acerca de la inclinación natural del hombre hacia la guerra.
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La segunda travesía se sitúa entre el 20 de junio de 1702 y el 3 de junio de 1706, y se complica para Gulliver al desviar el temporal el Adventure, el barco en el que viaja. En busca de agua dulce, llega a una isla llamada Brobdingnag y poblada por seres de estatura gigante, de hasta 22 metros de altura. Un granjero acoge al protagonista, perseguido por los habitantes del lugar, y lo exhibe por todos los rincones del país, hasta llamar la atención de la reina. La soberana le construye una casa a medida, que es atrapada por un águila de enorme tamaño para luego soltarla en el mar, donde el intrépido viajero es finalmente rescatado por un navío que viaja hacia Inglaterra. A través de su relato, que más allá de la aventura siempre encierra una sátira de la realidad, expone también una visión pesimista de la Europa de la época.
Ciencia ciega y pureza social
Gulliver se aventura de nuevo en un tercer viaje, pero un ataque pirata deja a la deriva su embarcación. Milagrosamente, es rescatado por la isla flotante de Laputa, un lugar donde se cultiva la ciencia pero sin ningún tipo de aplicación práctica. Se trata de una crítica evidente a la desconexión de la academia y el saber empírico con la realidad. Desde allí también se gobierna el territorio de Balnibarbi, otra referencia velada, en este caso al dominio colonial del Imperio Británico, especialmente sobre Irlanda, lugar de nacimiento de Swift.

Jonathan Swift.
En su camino hacia Japón, Gulliver también visita la isla de Glubbdubdrib, donde a través de un mago habla con los fantasmas de los hombres célebres, exponiendo el contraste entre lo antiguo y lo moderno, y Luggnagg, poblada por hombres inmortales que sin embargo envejecen y sufren las adversidades físicas de la edad avanzada. Ya en el país nipón, el protagonista evita pisar un crucifijo, imposición habitual en el país, para regresar finalmente a casa.
Nuestro pintoresco viajero parece ya decidido a pasar el resto de su vida en casa, tranquilo, pero finalmente se embarca en un cuarto y último viaje, que transcurre entre el 7 de septiembre de 1710 y el 5 de diciembre de 1715. Esta vez, como capitán de gran un mercante, se topa con un motín a bordo. Es abandonado en un bote salvavidas y acaba en el país de los Houyhnhnms, gobernado por caballos parlantes, seres de naturaleza perfecta que gobiernan sobre criaturas llamadas Yahoos, que son humanos salvajes.
Gulliver se convierte en miembro de la compañía de los caballos y su admiración por su estilo de vida le conduce a rechazar a los humanos como seres aparentemente racionales pero incapaces de controlar sus vicios. Sin embargo, como el resto de los hombres, también acaba siendo rechazado y expulsado como un peligro para esta civilización. Vuelve a su hogar en Inglaterra, pero es incapaz de reintegrarse entre los simples humanos, por lo que acaba convertido en un ermitaño que rechaza a su familia y pasa el día hablando con los caballos.
Este último pasaje refleja multitud de cuestiones antropológicas, entre el carácter imperfecto de la condición humana y una pureza social que no conoce los vicios y las pasiones propias del hombre. Supone así un epílogo perfecto para una novela plenamente vigente por tratar aspectos imperecederos a través de la sátira, el humor y la aventura.



























































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































