Inabarcable, invivible, cara… y al mismo tiempo viva y siempre sorprendente. La capital británica tiene, como toda metrópoli, mil maneras de ser disfrutada. En esta ocasión queremos volver a sus imprescindibles para revivir las sensaciones de la que fue (o debería ser) la primera experiencia londinense.
TEXTOS Y FOTOS: JOSÉ MARÍA DE PABLO
Londres cambia cada día, pero su espíritu permanece fiel a esa ciudad que durante siglos fue la capital del mundo, por eso no importa volver cada tantos años y recorrer los rincones más típicos, esos que nadie se pierde en una primera visita.
En este sentido, empezamos este viaje urbano por su corazón político, el Palacio de Westminster, sede del Parlamento británico, cuya imagen más icónica es la torre del reloj. Este monumento, que desde 2012 se denomina oficialmente Elisabeth Tower, es conocido universalmente como Big Ben, nombre de pila de la más grande de sus campanas, un coloso de bronce de 13,5 toneladas.
Por el módico precio de 55 libras y previa reserva, es posible ver de cerca el mecanismo de uno de los relojes más precisos del mundo, eso sí solo si estamos en forma para subir la escalera caracol de 334 peldaños. Llama la atención que hasta 2023 sólo podían visitarla los ciudadanos británicos invitados expresamente por un parlamentario.
Menos esfuerzo físico exige la visita al Parlamento, edificio neogótico levantado en el reinado de la mítica Reina Victoria en el mismo solar donde antaño estuvo la residencia de los reyes de Inglaterra. Las visitas guiadas sólo se celebran los sábados y los días en los que no hay sesión parlamentaria; pero también es posible visitarlo cualquier día como haciendo cola en la entrada de visitantes de Cromwell Green para ver en directo alguna de las sesiones de las Cámara de los Lores y los Comunes.
Del mismo estilo pero construida 900 años antes es la vecina Abadía de Westminster. Fundada por humildes benedictinos, la iglesia-catedral acabó convirtiéndose en el templo oficial de la realeza británica, cuyos monarcas encontraron en sus naves el espacio ideal para sus coronaciones o su descanso eterno. Sus capillas laterales conforman lo más parecido a un Panteón Real, al que más tarde se unieron personajes de la cultura y la ciencia, como por ejemplo, Charles Dickens, Isaac Newton o, más recientemente, Stephen Hawkins.
Tomando Parliament St. cerramos el ciclo de visitas políticas, ya que de aquí sale Downing St. el callejón en cuyo número 10 se ubica la residencia del Primer Ministro. Lógicamente, la calle es de acceso restringido, pero siempre es interesante observar desde la barrera uno de los lugares desde donde se toman decisiones que, directa o indirectamente, nos afectan a todos.
Unos pasos más adelante llegamos a Trafalgar Square, plaza nombrada así en honor a la batalla que el Comandante Horacio Nelson ganó a la armada franco-española frente a las playas de Caños de Meca, Cádiz, en 1805. Trafalgar es un punto de encuentro de amigos antes de salir y el lugar exacto de donde empiezan a contar los km de las carreteras en el Reino Unido, lo que le convierte, salvando las distancias, en el equivalente a la Puerta del Sol de Madrid. Presidiendo la plaza, además de la estatua del héroe subido a un pedestal de 46 metros, en Trafalgar Square hay que visitar la National Gallery, donde se exponen cerca de 3.000 obras maestras firmadas por grandes como Velázquez, Leonardo da Vinci o Van Gogh.
Si la pintura no apetece, un plan perfecto a la vuelta de la esquina es disfrutar de alguno de los populares musicales que se representan en los teatros del Soho. En Leicester Square está el kiosko donde se pueden comprar las entradas para los espectáculos musicales de ese mismo día que no se han vendido a precios reducidos.
Toda esta zona regala a nuestros ojos una orgía de luces y reflejos, tanto si caminamos hacia Chinatown, con sus callejuelas llenas de restaurantes chinos y adornadas con puertas doradas y enormes farolillos rojos; como si vas hacia el este, en dirección a Piccadilly Circus.
Piccadilly es poco más que un cruce, pero es uno de los epicentros de la vida nocturna y el consumismo incentivado por enormes pantallas de neón que atraen a curiosos incapaces de resistirse al brillo de la noche londinense.
Otro estilo de brillos son los que podemos encontrar en The Mall, avenida diseñada como escenario de grandes desfiles y conmemoraciones, como fue el de la victoria de la II Guerra Mundial. El suelo de The Mall es de color rojo y simula una alfombra roja, un detalle hecho en honor de los mandatarios extranjeros de visita oficial por el Reino Unido, para quienes se engalana la calle con banderas de su país mientras van de Downing Street a Buckingham Palace, ubiucado al final de la calle.
Buckingham Palace
La verja de Buckingham Palace es el lugar idóneo para ver la ceremonia de cambio de guardia, que tiene lugar lunes, miércoles y viernes a las 11.00 de la mañana. The Guard, como se les llama popularmente, desfila entre los palacios de St.James (a la mitad de The Mall) y de Buckingham.
Los parques que rodean Buckingham, St.James y Hyde Park, forman parte de The Royal Parks, todos ellos vinculados a la Familia Real. A esta red pertenecen también dos joyas ubicadas al norte de Hyde Park: The Regent ‘s Park y su vecino Pimrose Hill. El primero es el hogar de 120 especies de pájaros, 5.000 especies de árboles y cerca de 85 variedades de exuberantes y olorosos rosales. Además de paseos maravillosos, Regents Park cuenta con cafés ideales para descansar de la ciudad. Por su parte, Pimrose Hill es recomendado por contar con una de las vistas más originales del skyline de la ciudad.
Para cerrar este viaje por el Londres más básico, nada mejor que explorar el Regent ‘s Canal hasta Camden Town, animado barrio de compras y mucha marcha nocturna, incluso hasta Coal Drops Yard, centro de ocio que reutiliza las instalaciones decimonónicas de la Imperial Gas Light and Coke Company. Este canal es una de las infraestructuras creadas para facilitar el transporte de mercancías a través de canales y esclusas, un sistema que estuvo totalmente operativo hasta la proliferación de líneas férreas y la construcción de carreteras en el primer tercio del siglo XX. El canal es el hogar de cientos de personas que viven en barcazas, pero también es la sala de estar de miles de personas que disfrutan paseando por las sendas que transcurren junto al agua y que suman hasta 160 km solo en la ciudad de Londres.
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