El compositor gaditano, uno de los más importantes en la España del siglo XX, sirvió de inspiración a numerosos círculos artísticos e intelectuales de su tiempo
TEXTO: JOSÉ MANUEL ANDRÉS
El 23 de noviembre de 1876, hace 150 años, nació en la ciudad de Cádiz Manuel de Falla, destinado a convertirse en uno de los compositores más influyentes de la España del siglo XX. Criado en el seno de una acomodada familia de comerciantes, recibió desde su más tierna infancia una sólida educación musical. De hecho, sus primeras lecciones de solfeo las impartió su madre, María Jesús Matheu, intérprete de piano.
Entre partituras, la niñez de Manuel de Falla estuvo marcada por los problemas de salud relacionados con la tuberculosis y el fallecimiento de sus hermanos pequeños Pepito y Servando, de su tía Magdalena y de su abuelo materno. Aquellos traumáticos episodios condicionaron la hipocondría y la obsesión del futuro músico por la limpieza, aliviadas en gran medida por el estímulo para su bulliciosa imaginación que supusieron las canciones de cuna de su nodriza.
La semilla del amor por la música había comenzado a germinar en Manuel, pero era necesario un paso más en el aspecto académico. Eloísa Galluzo, amiga personal de su madre y profesora de piano, profundizó en su formación desde los nueve años con métodos muy exigentes. A lo largo de esos años se inició en los estudios de solfeo, armonía y contrapunto, en mitad de una vida musical muy intensa para un niño, pues asistía habitualmente a las veladas vespertinas de música de cámara que se celebraban en casa de Salvador Viniegra, amigo de la familia, y también a eventos musicales en Cádiz que le permitieron descubrir las obras de Mozart, Beethoven, Vincenzo Bellini o Edvard Grieg.
Con todo este rico bagaje a las espaldas, Manuel de Falla ingresó en el Conservatorio de Música de Madrid en 1896, a los 19 años. El pianista y compositor José Tragó, su profesor de piano, lo definió entonces como «un joven muy estudioso, muy concienzudo, de buenos talentos artísticos y al cual seguramente le está esperando un prometedor futuro en este difícil arte». No estaba para nada equivocado el maestro, pues tres años después, el joven Falla concluyó sus estudios oficiales en el conservatorio con el primer premio de piano del centro, otorgado además por unanimidad.
A partir de ese año de 1899 comenzó a estrenar sus primeras obras y también compaginó su actividad productiva con las clases de piano que impartía para mejorar la situación económica de su familia. Felipe Pedrell, pionero en el estudio de la música tradicional y el folclore español al que conoció en 1901, constituyó la primera gran influencia directa de su carrera, y estrenó la obra para piano ‘Cortejo de gnomos’ (1901) y la zarzuela ‘Los amores de la Inés’ (1902) antes de instalarse en París en 1907.
Epicentro artístico
En la capital francesa, epicentro artístico del mundo a comienzos del siglo XX, Falla se rodeó de creadores de la talla de Debussy, Ravel, Albéniz, Picasso, Stravinsky o Zuloaga. Además, comenzó a viajar por toda Europa para ofrecer conciertos y estrenar sus obras en grandes ciudades como Londres o Milán. Entre 1906 y 1909, Falla compone la obra para piano ‘Cuatro piezas españolas’, y desde 1909 hasta 1915 se centra en la creación de la pieza para piano y orquesta ‘Noches en los jardines de España’, ubicada en los sugerentes jardines del Generalife de la Alhambra y en la Sierra de Córdoba, emplazamientos que estimularon la composición más impresionista del maestro gaditano.
Durante aquellos años, la salud del músico, siempre frágil, se debilitó aún más, lo que en parte incidió en sus convicciones profundamente religiosas. El estallido de la Primera Guerra Mundial y la implicación francesa en la contienda ocasionan el regreso de Falla a España, para establecerse en Madrid. Allí culmina la colección de composiciones tradicionales ‘Siete canciones populares españolas’, su pieza más interpretada cuando se trata de recitales folclóricos, y especialmente ‘El amor brujo’, su obra cumbre. Concebida inicialmente como un ballet, se estrenó en el Teatro Lara de Madrid en 1915 y tras varias versiones, alcanzó su versión definitiva, para orquesta sinfónica, en 1925.
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Para entonces Falla llevaba un lustro instalado en Granada, donde se produce el contacto con el poeta Federico García Lorca. También entabla amistad con intelectuales como Fernando de los Ríos o Hermenegildo Lanz. En la ciudad nazarí el maestro profundiza en su interés por el cante jondo. También participa en multitud de representaciones teatrales, aportando incluso su música, y alcanza un gran reconocimiento, hasta ser nombrado miembro de la Real Academia de Bellas Artes de Granada en 1928.
Líder espiritual
A comienzos de la década de los años treinta el compositor gaditano se erige en inspiración fundamental para el llamado Grupo de los Ocho, compuesto por Ernesto y Rodolfo Halffter, Juan José Mantecón, Julián Bautista, Fernando Remacha, Rosa García Ascot, Salvador Bacarisse y Gustavo Pittaluga, bajo el firme propósito de dar continuidad a la renovación de la música española iniciada por Falla. Además, se convirtió en una suerte de líder espiritual para la Generación del 27, integrada por escritores y poetas de la talla del propio García Lorca, Luis Cernuda, Rafael Alberti o Gerardo Diego.
El músico, plenamente consolidado como una figura nacional, acogió con entusiasmo la proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931, pero el anticlericalismo de determinados sectores afines al nuevo régimen ocasionó las críticas y un cierto desencanto del compositor. Durante aquellos años ejerció como director de la Junta Nacional de Música y ya tras el estallido de la Guerra Civil, el 18 de julio de 1936, trató de aprovechar su prestigio para salvar a algunos amigos de las consecuencias del alzamiento militar, incluido el propio García Lorca, al que Falla intentó liberar intercediendo ante el Gobierno Civil, pero que finalmente fue tristemente fusilado.
El traumático episodio de la contienda civil precipitó el exilio de Falla, que al término del conflicto, en 1939, partió hacia Argentina a sus 62 años. Llegó a Buenos Aires el 18 de octubre de 1939, tras más de dos semanas de travesía a bordo del Neptunia, que inició su viaje en Barcelona el 2 de octubre. Nunca más volvería a España en vida, aunque el nuevo gobierno de Francisco Franco intentó que regresara, llegando a ofrecerle una pensión de 25.000 pesetas y concediéndole el rango de Caballero de Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio. Nada convenció al músico, que se trasladó de Buenos Aires a Córdoba y de allí a Alta Gracia, en la provincia homónima.
Durante todos aquellos años, y a pesar de su avanzada edad y de sus muchos achaques, Falla trabajó intensamente en la cantata escénica ‘Atlántida’, cuyo último manuscrito data de julio de 1946. Su discípulo Ernesto Halffter se encargaría de terminar esta obra póstuma. Murió en la noche del 13 al 14 de noviembre, a nueve días de cumplir los 70 años, al sufrir un paro cardíaco mientras dormía. Un primer funeral se celebró en la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Córdoba, el 19 de noviembre, y el 22 de diciembre sus restos mortales partieron de regreso a España, a cargo de su hermana María del Carmen. Fue enterrado en la cripta de la catedral de Santa Cruz, en su Cádiz natal, tras un funeral de Estado al que acudieron su familia y autoridades eclesiásticas, civiles y militares.





















