Dos psicólogas analizan para Autoclub RACE los límites de las restricciones por edad y coinciden en señalar a las plataformas, las familias y la educación digital como claves para proteger a los adolescentes.
TEXTO ARANTXA HERRANZ
Francia se convirtió el pasado 21 de julio en el primer país de la Unión Europea en aprobar una ley que prohibía el acceso a las redes sociales a los menores de 15 años. Sin embargo, apenas unas semanas después, el 14 de agosto, el Consejo Constitucional francés anuló esa misma norma al considerar que suponía «una vulneración desproporcionada» de la libertad de expresión de los menores. España, por su parte, tramita desde marzo de 2025 el Proyecto de Ley Orgánica para la protección de las personas menores de edad en los entornos digitales, que plantea elevar de 14 a 16 años la edad mínima para acceder a redes sociales.
Pero, ¿es una buena medida? La cuestión de fondo es si una prohibición por sí sola resuelve el problema de fondo y si es útil como primer filtro.
Dos miradas, un mismo punto de partida
Katia Giménez Molins, directora del Centro de Psicología Montjuic, considera que no es una medida “buena ni realista prohibir las redes sociales a menores». En cambio, sí respalda «prohibir o recordar la prohibición del uso de redes sociales ya existentes a menores de 14 años, así como regular el comportamiento en estos ámbitos». Para ella, el problema no está tanto en vetar el acceso como en diferenciar entre proteger y expulsar por completo del entorno digita, dado que: «las redes sociales forman parte de nuestra manera actual de relacionarnos, informarnos y comunicarnos, y los menores también necesitan aprender a desenvolverse en ellas».
Natalia Ortega, directora de Activa Psicología, en cambio, sí defiende poner una edad mínima. «Creo que poner una edad mínima y regular el acceso es positivo, sobre todo porque estamos dejando entrar en redes sociales a niños cada vez más pequeños que todavía no tienen herramientas para manejar todo lo que se encuentran ahí». Argumenta, además, que el cerebro adolescente todavía está madurando y «la parte relacionada con el autocontrol, la planificación o la valoración de las consecuencias sigue desarrollándose, mientras que todo lo relacionado con la recompensa inmediata y la aceptación social tiene muchísimo peso, y las redes funcionan precisamente ahí». Pese a esta defensa de la barrera de edad, Ortega también señala que «prohibir puede retrasar el acceso, pero no enseña a utilizar las redes».
El peso que deben asumir las plataformas
Giménez pone el foco, sobre todo, en la responsabilidad empresarial. «No podemos pedirle a un menor de 12 o 13 años que tenga una capacidad de autocontrol extraordinaria mientras, al mismo tiempo, utilizamos herramientas diseñadas específicamente para captar y mantener su atención», sostiene. Y añade una lista de exigencias concretas: verificar edades, revisar los sistemas de recomendación, controlar el contacto entre adultos y menores y mejorar los mecanismos de denuncia. Cuestiona, en particular, el diseño mismo de las aplicaciones con opciones como «la reproducción automática, el desplazamiento infinito, las notificaciones constantes o determinados sistemas de recompensa social. No todo puede recaer sobre la capacidad de autocontrol del menor o sobre la vigilancia de sus padres».
Ortega coincide plenamente con este diagnóstico. «Creo que durante mucho tiempo hemos puesto demasiada responsabilidad sobre los padres y sobre los propios adolescentes, y bastante menos sobre las empresas que diseñan estas plataformas», explica. En su experiencia, hay cierta la contradicción en muchas familias, dado que «les estamos diciendo a los adolescentes: ‘tienes que controlar cuánto tiempo estás conectado’. Pero luego tienen delante una herramienta diseñada para que no quieran dejar de mirar». Insiste, además, en que «no podemos pedirle todo el autocontrol al adolescente y ninguna responsabilidad a quien diseña una aplicación para que no quiera salir de ella».
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El papel, inevitable, de las familias
Preguntada por la responsabilidad de los padres, Giménez habla de acompañamiento progresivo. «Creo que durante los primeros años el acceso a estas herramientas debería ser una actividad compartida. Igual que enseñamos a un niño a cruzar una calle acompañándolo muchas veces antes de permitirle hacerlo solo, deberíamos hacer algo parecido con el entorno digital». Insiste en que «no se trata simplemente de entregar un teléfono, instalar un control parental y limitar unas horas de pantalla. Los padres necesitan conocer las aplicaciones que utilizan sus hijos». Y apunta también hacia los propios adultos, puesto que «es complicado pedir a un adolescente que tenga una relación saludable con el teléfono si en casa los adultos consultamos constantemente el móvil durante las comidas».

Ortega prefiere hablar de acompañamiento antes que de reeducación «y acompañar a las familias» dado que los menores tienen que aprender y saber que usar una aplicación no equivale a saber gestionar sus consecuencias. «Un niño puede saber muchísimo más que sus padres sobre cómo funciona TikTok y no tener ni idea de cómo gestionar que le excluyan de un grupo, que alguien le pida una fotografía íntima o que empiece a sentirse mal porque se compara constantemente con los demás», señala.
Sobre todo porque los controles de edad se pueden eludir. Por eso, y casi como un decálogo, Gimenez enumera aquello que considera imprescindible enseñar desde pequeños: «entender que detrás de una pantalla hay otra persona y que las mismas normas de respeto que existen fuera de internet también existen dentro; saber que una fotografía o un mensaje pueden dejar de estar bajo nuestro control una vez enviados; aprender a no facilitar información personal; desconfiar de determinados contactos; saber bloquear y denunciar». Para esta experta, «no podemos conseguir un uso responsable simplemente diciendo a un menor ‘esto está prohibido’. El uso responsable se aprende utilizándolo, hablando sobre ello, poniendo límites adecuados a cada edad».
Ortega, por su parte, pone el énfasis en la comunicación con los hijos cuando algo va mal. «Tenemos que conseguir que nuestros hijos nos cuenten las cosas, fomentar la comunicación. Porque si un adolescente piensa: ‘como le cuente a mi madre lo que me ha pasado me va a quitar el móvil’, probablemente no se lo cuente». Algo especialmente crítico en relación a episodios graves como el grooming o el ciberacoso. «No se trata solo de controlar lo que hacen cuando estamos delante, sino de enseñarles a protegerse cuando no estamos».





















